Seguro que has pasado mil veces por la provincia de Cuenca buscando las famosas Casas Colgadas. Pero lo que casi nadie te cuenta es que, si sigues la carretera hacia el este, te vas a topar con algo que parece sacado de Juego de Tronos.
Hablamos de Moya. No es solo un pueblo, es una ciudad medieval entera que se quedó congelada en el tiempo (y que te va a volar la cabeza). Es el plan perfecto para los que buscan silencio, historia y fotos brutales para Instagram sin los agobios del turismo de masas.
¿Te vienes a descubrir por qué este sitio es la obsesión de los amantes del misterio?
La joya de la corona: Un castillo que vigila el vacío
Lo primero que vas a ver antes de llegar es un cerro imponente. En la cima, una silueta de piedra que domina todo el horizonte. Es el Castillo de Moya, una fortaleza que, en sus tiempos de gloria, fue la envía de toda la corona de Castilla.
Este lugar fue la capital del Marquesado de Moya. Hoy, sus muros están vacíos, pero caminar por su torre del homenaje te hace sentir pequeño. No es un castillo de juguete; es una estructura de guerra real que ha aguantado siglos de asedios y batallas.
La entrada al recinto amurallado es gratuita en gran parte de su perímetro, pero te recomendamos llevar calzado cómodo. El terreno es de piedra suelta y las cuestas no perdonan.
Desde lo más alto de la torre, la vista es infinita. Puedes ver las tierras de Cuenca, Valencia y Teruel fundiéndose en un solo color. Es esa sensación de libertad absoluta que solo te dan los sitios que han sido olvidados por el hombre pero reclamados por la naturaleza.
El laberinto de las siete puertas
Moya no se entrega a la primera. Para entrar en este «pueblo fantasma», tienes que atravesar sus murallas. Lo increíble es que el recinto tiene hasta cinco recintos amurallados concéntricos. Es como una cebolla de piedra.
La Puerta de la Villa es la que te da la bienvenida. Al cruzarla, el ruido del coche desaparece y solo escuchas el viento. Es una experiencia casi religiosa. Nosotros mismos sentimos ese escalofrío al pensar en la cantidad de gente que vivió tras esos muros antes del abandono total en los años 50.
Lo mejor que puedes hacer aquí es perderte. No busques un mapa en Google Maps (apenas hay cobertura en algunos puntos). Sigue los senderos que quedan entre las ruinas. Te vas a encontrar con siete iglesias. Sí, has leído bien. Una ciudad tan pequeña tenía siete templos, lo que te da una idea del poder económico que tuvo este lugar.
La Iglesia de Santa María: El alma que resiste
De todas las ruinas, la Iglesia de Santa María la Mayor es la que mejor se conserva. Ha sido restaurada y su interior es una joya de sobriedad medieval. Si tienes suerte y está abierta, entra y respira el olor a piedra antigua y cera. Es el corazón de la villa.
Justo al lado verás lo que queda del antiguo hospital y el ayuntamiento. Es fascinante ver cómo las vigas de madera todavía intentan sostener techos que ya no existen. Es la belleza de la decadencia en su estado más puro.
Mucha gente nos pregunta si da miedo. La respuesta es no. Moya transmite una paz extraña. Es como si el tiempo se hubiera tomado un descanso y te permitiera mirar por una cerradura hacia el pasado de España.
Ojo al dato: El primer domingo de septiembre se celebra el «Septenario». Los habitantes de los pueblos de alrededor suben en procesión y Moya recupera su vida por unas horas. Si quieres fotos espectaculares, esa es tu fecha.
Naturaleza salvaje a tus pies
Pero Moya no es solo piedras. Al estar situada en la comarca de la Serranía Baja, el entorno natural es una locura. Si te gusta el senderismo, desde la falda del cerro salen rutas que te llevan por bosques de pinos y encinas donde es muy fácil ver buitres leonados sobrevolando las ruinas.
Es el lugar ideal para desconectar el móvil (literalmente, la cobertura juega al escondite) y conectar con algo más primario. El aire es puro, el cielo es de un azul que no existe en la ciudad y el silencio solo lo rompe el crujir de tus pasos.
Si vas con niños, se lo van a pasar en grande jugando a ser caballeros entre las almenas. Eso sí, mantenlos cerca, porque hay zonas de precipicio que, aunque están señalizadas, imponen respeto.
¿Dónde comer después de la aventura?
Después de subir y bajar el cerro, el hambre aprieta. No busques comida rápida aquí. Estás en tierra de morteruelo, zarajos y ajoarriero. Baja al pueblo «nuevo» de Landete o a los alrededores de la propia Moya (donde vive la poca gente que queda).
Busca los restaurantes locales que ofrecen menú del día. Por poco dinero te vas a meter entre pecho y espalda un guiso de esos que te resucitan. El cordero de la zona es, posiblemente, de los mejores que vas a probar en tu vida. Palabra de experto.
Nosotros te recomendamos probar el queso manchego de los productores locales. No tiene nada que ver con lo que compras en el súper. Es intenso, picante y con el sabor de la tierra.
Por qué tienes que ir antes de que se ponga de moda
Moya es uno de esos sitios que todavía se mantienen bajo el radar del turismo masivo. Puedes pasear por sus calles desiertas sin que nadie te empuje para hacerse un selfie. Pero esto no va a durar para siempre. El turismo rural está creciendo y sitios con esta magia son difíciles de encontrar.
Es un destino que te hace pensar en lo efímero. Una ciudad que lo fue todo y que hoy es un esqueleto de piedra. Pero un esqueleto con una dignidad y una fuerza que te atrapan desde el primer momento.
Prepara la mochila, llena el depósito y pon rumbo a la frontera entre Cuenca y Valencia. Moya te está esperando para contarte sus secretos al oído.
¿A qué esperas para descubrir el secreto mejor guardado de la Serranía?




