La comarca de la Garrotxa es una tierra moldeada por antiguos volcanes dormidos y hayedos mágicos que parecen sacados de una leyenda medieval. En este rincón indómito de Girona, descubrir los pueblos bonitos cerca de Olot permite conectar con una arquitectura de piedra basáltica que desafía al tiempo y a la gravedad.
El clima de montaña y la frondosidad de sus valles exigen una planificación atenta, ya que las nieblas matinales suelen cubrir las carreteras secundarias como la C-37 o la GI-524. Establecer la base logística en la propia capital comarcal o en alojamientos rurales distribuidos por el valle de Bas facilita enormemente los desplazamientos diarios en coche.
A continuación, analizamos los seis municipios históricos que guardan la esencia más pura de esta región volcánica.
Santa Pau

Este núcleo medieval se alza en pleno corazón del Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, rodeado de antiguos cráteres cubiertos de vegetación. Pasear por su plaza porticada, presidida por la silueta imponente del castillo del siglo XIII, traslada de inmediato a una época de caballeros y leyendas de piedra.
Sus callejuelas empedradas descienden entre murallas y portales históricos que ofrecen miradores excepcionales hacia los cultivos tradicionales asentados sobre tierras de ceniza volcánica.
No dejes de probar los famosos ‘fesols de Santa Pau’, unas alubias diminutas cultivadas en tierra volcánica que destacan por su textura sumamente mantecosa.
Castellfollit de la Roca

La estampa de este pueblo es una de las más fotografiadas de Cataluña gracias a su increíble asentamiento sobre un impresionante risco de basalto de 50 metros de altura. Las casas de piedra oscura parecen flotar al borde del abismo, moldeadas por la erosión de los ríos Fluvià y Toronell durante miles de años.
Recorrer su única calle principal de origen medieval te conducirá hasta la antigua iglesia de Sant Salvador, situada justo en el extremo del acantilado basáltico.
Aparca el coche en la zona baja junto al río para contemplar la icónica silueta del risco desde el mirador de la pasarela de madera.
Besalú

Cruzar el imponente puente románico fortificado sobre el río Fluvià es la puerta de entrada a un conjunto monumental de valor incalculable. Esta joya medieval conserva un trazado urbano laberíntico donde destaca el miqvé, una de las pocas casas de baños rituales judíos que sobreviven en Europa.
La atmósfera mágica de sus plazas empedradas convive con antiguos monasterios y fachadas románicas que justifican de sobra su declaración como Conjunto Histórico-Artístico.
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Els Hostalets d’en Bas

Considerado por muchos el máximo exponente del paisaje rural catalán, este pequeño núcleo destaca por sus pintorescas casas de labranza decoradas con balcones de madera repletos de geranios. El entorno del Valle de Bas rodea el pueblo con inmensos campos de cultivo y la imponente silueta de la sierra del Puigsacalm de fondo.
La tranquilidad que se respira en su calle de Teixeda invita a ralentizar el paso y contemplar la arquitectura tradicional de los antiguos hostales de camino.
Joanetes

Ubicado a los pies del macizo del Puigsacalm, este remanso de paz ofrece una de las estampas más auténticas de la Cataluña profunda y rural. Su iglesia de Sant Romà, con un ábside románico perfectamente conservado, destaca entre caseríos que han mantenido intacto su carácter agrícola durante siglos.
El entorno natural que rodea la localidad permite iniciar rutas de senderismo sencillas que atraviesan densos bosques de robles y pastos alpinos de una belleza sobrecogedora.
Sant Feliu de Pallerols

Dividido por el curso del río Brugent, este municipio ofrece un encantador entramado urbano de puentes románicos y antiguas casas de pescadores. El entorno destaca por albergar más de cincuenta fuentes de agua cristalina y la silueta dominante del castillo de Colltort vigilando el valle desde las alturas.
La proximidad de la vía verde del Carrilet lo convierte en una parada idónea para los amantes del cicloturismo y los paseos familiares bajo la sombra de los árboles.
Cómo organizar tu viaje a los alrededores de Olot
Para exprimir al máximo la esencia de la comarca, se recomienda dedicar un mínimo de tres a cuatro días de exploración activa. La red viaria local, articulada principalmente por las carreteras C-37 y A-26, conecta de forma ágil todos los valles, aunque las rutas que trepan hacia los pueblos más elevados requieren paciencia debido a sus tramos revirados.
La experiencia no estará completa sin adentrarse en la auténtica cocina volcánica en alguno de los restaurantes tradicionales conocidos localmente como ‘hostals’ de carretera. Sabores intensos como las patatas de Olot rellenas de carne, los embutidos artesanales como la ‘picaña’ o los guisos de jabalí te alejarán de los menús turísticos genéricos.
¿Te animas a perderte entre los senderos silenciosos de sus volcanes dormidos y descubrir el encanto medieval que aún late en sus piedras centenarias?




