Cruzar los arcos de piedra sobre el río Fluvià y sentir el crujido del tiempo bajo los pies confirma de inmediato por qué la búsqueda de qué ver en Besalú es la puerta de entrada perfecta al corazón de La Garrotxa. Esta villa condal gironina es, sin exagerar, uno de los conjuntos medievales mejor conservados y deslumbrantes de toda la península ibérica.
Pasear por su trazado empedrado es adentrarse en una época donde caballeros, mercaderes y eruditos convivieron entre murallas de piedra volcánica. Aunque su tamaño es recogido y permite recorrerlo cómodamente a pie, la densidad patrimonial de sus callejones esconde secretos apasionantes en cada esquina.
Ajusta el calzado cómodo y prepara la cámara, porque vamos a repasar los rincones más mágicos que debes visitar paso a paso.
1. El Viejo Puente Medieval (El Pont Vell)
Es la postal indiscutible del municipio y una obra maestra de la ingeniería civil de la época. Construido en el siglo XI aprovechando las rocas del cauce del río, este puente angular de siete arcos angulosos mide 105 metros de longitud y cuenta con una imponente torre fortificada central.
Antiguamente albergaba el portal de entrada a la villa y el punto de cobro del peaje real. Para capturar la mejor fotografía con los reflejos del agua, desciende hasta la orilla del río Fluvià a primera hora de la mañana, cuando la niebla matutina abraza los arcos de piedra.
2. El Miqvé y la Sinagoga del Barrio Judío
Descubierto por casualidad en 1964, el miqvé de Besalú es una de las joyas arqueológicas más relevantes de Europa. Se trata de una sala de purificación ritual judía del siglo XII esculpida directamente en la roca subterránea, de la que solo existen cuatro ejemplos medievales conservados en todo el continente.
Se accede bajando una escalera de piedra hasta encontrar la piscina alimentada de forma natural por un manantial de agua limpia. La visita guiada combinada con las ruinas del patio de la antigua sinagoga adyacente tiene un precio aproximado de 4,50 euros.
Tip viajero: El acceso al miqvé subterráneo solo se puede realizar mediante visita guiada reservada en la Oficina de Turismo situada en la Plaça del Prat de Sant Pere. Conviene apuntarse a primera hora al llegar a la villa.
3. El Monasterio de Sant Pere
Dominando la majestuosa plaza peatonal que lleva su nombre, esta abadía benedictina fundada en el año 977 por el conde Miró Bonfill impresiona por la solidez de sus muros románicos y su sobria elegancia.
En su fachada principal destaca un ventanal singular custodiado por dos leones tallados en piedra: uno aplasta a un perro (símbolo del mal) y el otro protege a un mono. El interior conserva un deambulatorio monumental pensado para acoger a las huestes de peregrinos medievales.
4. La Iglesia de Sant Vicenç
Ubicada a pocos pasos del centro neurálgico, la parroquia de Sant Vicenç es un bello templo de transición del románico al gótico (siglos XII y XIII). Su sobria portada lateral exhibe capiteles muy elaborados con escenas figurativas de la época.
En el interior de la capilla gótica de Santa Vera Creu se custodiaba una famosa reliquia con un fragmento de la Cruz de Cristo traído por los condes de Besalú, cuya historia sigue vinculada a la memoria colectiva del pueblo.
5. La Casa Cornellà (Palau dels Cornellà)
Situada muy cerca de la iglesia de Sant Vicenç, la Casa Cornellà está considerada una de las muestras de arquitectura civil románica mejor conservadas de Cataluña, datada en el siglo XIII.
Llama la atención su precioso patio interior porticado con arquerías de piedra tallada y galerías superiores que permitían la entrada de luz natural a las estancias nobles de la familia. Refleja a la perfección el esplendor económico del condado medieval.
El destino en TikTok
Si quieres ver cómo luce este rincón en pleno directo y a través de los ojos de otros viajeros, echa un vistazo a este vídeo:
6. El Celler de la Cúria Reial
Este señorial edificio del siglo XIII albergó la sede de la justicia real en la villa. Su arquitectura destaca por una magnífica sala gótica con arcos diafragma de piedra y grandes ventanales con vistas sobre el curso del río.
Actualmente alberga espacios expositivos donde se interpreta la historia medieval del municipio y proyecciones audiovisuales que ayudan a reconstruir cómo era la vida diaria de las tres culturas que convivieron entre sus murallas.
7. El Paseo Fluvial por el río Fluvià
Tras recorrer el entramado urbano interior, resulta imprescindible descender por los senderos habilitados a ambos márgenes del río Fluvià. Es una caminata plana y relajante rodeada de vegetación autóctona y huertas tradicionales.
Desde la orilla opuesta al centro urbano disfrutarás de perspectivas completamente diferentes del trazado amurallado y de la silueta del Pont Vell, idóneas para descansar a la sombra durante los meses más calurosos.
8. La Plaça de la Llibertat
Es la plaza mayor porticada de la villa y el centro neurálgico de la vida social de los vecinos. Sus arcos de piedra de origen medieval albergan coquetas terrazas de cafeterías, comercios locales y tiendas de artesanía.
Aquí se celebra semanalmente el mercado tradicional y es el rincón perfecto para sentarse a tomar algo mientras observas el ritmo pausado del municipio o compras embutidos locales de La Garrotxa.
Consejo práctico: El aparcamiento principal gratuito está situado justo antes de cruzar el puente de la carretera principal (C-66). Deja allí el vehículo y entra a la villa caminando por el puente viejo para una llegada triunfal.
9. El Museo de Microminiaturas (MicroMundi)
Ubicado junto al Monasterio de Sant Pere, este curioso espacio museístico ofrece un llamativo contraste con el entorno histórico medieval. Alberga una de las colecciones de arte en miniatura más importantes del mundo.
A través de lupas y microscopios integrados, los visitantes pueden contemplar obras inverosímiles esculpidas en la cabeza de un alfiler o en el ojo de una aguja por artistas internacionales. La entrada general cuesta aproximadamente 6 euros.
10. Gastronomía volcánica: Mongetes de Santa Pau y licor de Ratafía
Completar la ruta por esta villa exige sentarse a la mesa para probar la célebre cocina volcánica de la comarca. El plato estrella son las mongetes de Santa Pau (unas alubias blancas diminutas y cremosas cultivadas en suelo volcánico) acompañadas de botifarra a la brasa.
Para cerrar el almuerzo con el broche de oro tradicional, pide un chupito de Ratafía, un licor dulce artesanal elaborado mediante la maceración de nueces verdes y hierbas aromáticas recolectadas en los bosques de la zona.
¿Prefieres empezar tu recorrido fotografiando los arcos del puente medieval sobre el río o prefieres adentrarte primero en los secretos subterráneos del miqvé judío?






