jueves, 11 de junio 2026 Crónicas, viajes y gastronomía

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Qué ver en Benidorm: los 7 rincones secretos que los locales ocultan para evitar el colapso

Benidorm al atardecer desde el aire
Benidorm al atardecer desde el aire
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Olvídate de los prejuicios y de las fotos de los años setenta. Benidorm ha mutado en algo mucho más salvaje, sofisticado y, sobre todo, adictivo.

Si estás haciendo scroll buscando el típico destino de playa, detente un segundo. Lo que está pasando en la costa de Alicante no es normal (y nos encanta, para qué mentir).

La ciudad de los rascacielos ya no solo vive de la Playa de Levante. Ahora la batalla se libra en las alturas y en calas que parecen robadas a una isla desierta.

¿Tienes las maletas listas? Porque después de leer esto, vas a querer reservar el primer tren de Iryo o Renfe que salga hacia el sur.

El Balcón del Mediterráneo: el epicentro del deseo

Es el punto cero. El lugar donde todo el mundo se hace la foto, pero pocos conocen su verdadera historia. El Castillo de Benidorm ya no existe como fortaleza, pero su plaza blanca es el imán de todas las miradas.

Caminar por la Plaza de Castelar es sentir el pulso de la ciudad. El contraste entre el blanco impoluto de la balaustrada y el azul eléctrico del mar es, simplemente, hipnótico.

Nuestro consejo de amigas: ve al amanecer. (Sí, duele madrugar, pero tener el balcón para ti sola mientras el sol sale por la Isla de Benidorm no tiene precio).

Tip de Lucía: Justo debajo del mirador hay unas escaleras que bajan a la «cala del mal pas». Es el secreto mejor guardado para un baño rápido sin las multitudes de las playas principales.

La arquitectura que desafía al vértigo

Benidorm es la ciudad con más rascacielos por habitante del mundo. Y eso impone. No puedes decir que has estado aquí sin mirar hacia arriba, muy arriba.

El edificio Intempo, con su icónico diamante dorado en la cima, se ha convertido en el nuevo símbolo de estatus. Sus 193 metros de altura te hacen sentir diminuta, pero poderosa a la vez.

Pero el verdadero espectáculo está en el Gran Hotel Bali. Durante años fue el más alto de Europa y subir a su mirador acristalado es una experiencia que acelera el pulso de cualquiera.

Desde allí arriba, el urbanismo de la Costa Blanca parece un tablero de Lego perfectamente diseñado para el placer.

Playa de Poniente: el refugio de los que saben

Mientras los turistas primerizos se pegan por un hueco en Levante, nosotras nos vamos a Poniente. Es más larga, más ancha y infinitamente más elegante.

El nuevo paseo marítimo, diseñado por el estudio de Carlos Ferrater, es una obra de arte geométrica que imita las olas del mar. Es el lugar perfecto para el «postureo» saludable.

Aquí la arena es más fina y el ambiente mucho más relajado. Es el Benidorm que no sale en los programas de chismes, el de las cenas largas frente al mar.

No te pierdas la zona de La Cala al final del paseo. Es el punto donde la ciudad se funde con la montaña y el ritmo baja de revoluciones.

Sierra Helada: el pulmón que no esperabas

¿Senderismo en Benidorm? Rotundamente sí. El Parque Natural de la Serra Gelada es el contrapunto perfecto al asfalto y las luces de neón.

La ruta que lleva hasta la Cruz de Benidorm es un clásico, pero si quieres algo más «pro», tienes que ir al Faro del Albir.

Es un camino asfaltado, apto para todos los públicos, que bordea acantilados de más de 300 metros de altura. Las vistas sobre la bahía de Altea son de las que te dejan sin aliento.

En este entorno habitan especies protegidas y se pueden ver delfines mulares si tienes un poco de suerte y mucha paciencia.

Atención: Lleva agua de sobra. El sol de Alicante no perdona y en la Sierra Helada la sombra es un lujo que no siempre encontrarás.

El paraíso escondido: Cala Tío Ximo

Si odias las aglomeraciones, este es tu sitio. Al final de la playa de Levante, escondida entre acantilados, aparece la Cala Tío Ximo.

Es minúscula, escarpada y sus aguas son tan transparentes que parecen filtradas por un iPhone de última generación. Es el paraíso del snorkel en la zona.

Aquí no hay hamacas de alquiler ni chiringuitos con música a todo trapo. Solo tú, las rocas y el sonido del Mediterráneo.

Muy cerca está también la Cala Almadrava. Si la primera está llena, esta es tu segunda oportunidad para conectar con la naturaleza salvaje.

Gastronomía: el «Callejón de los Vascos»

Comer en Benidorm es una aventura que va mucho más allá de la paella (que también las hay increíbles en el restaurante L’Abeurador).

Tienes que ir a la Zona de los Vascos, en el casco antiguo. Calles como la Calle Santo Domingo están llenas de tabernas con pinchos que compiten con los de San Sebastián.

Es el lugar ideal para el tardeo. Una caña bien tirada, un pincho de tortilla trufada y el bullicio de la gente feliz. Es la esencia de la vida mediterránea.

Si buscas algo más sofisticado, la oferta de restaurantes con vistas al puerto está creciendo a un ritmo frenético con chefs que apuestan por el producto local de la Marina Baixa.

La Isla de los Periodistas

Ese triángulo de roca que ves desde cualquier punto de la costa es la Isla de Benidorm. Y sí, se puede visitar en barco.

Los barcos salen cada hora desde el puerto y el trayecto apenas dura 20 minutos. Es un santuario de aves y un lugar increíble para ver la «skyline» de la ciudad desde el mar.

Es una perspectiva única que te hace entender por qué esta ciudad es tan especial. Desde el agua, los edificios parecen guardianes de una bahía mágica.

Ojo con las gaviotas, son las dueñas de la isla y no tienen miedo de reclamar su territorio (o tu merienda).

¿Por qué ahora es el momento?

La ciudad está viviendo una segunda juventud. La renovación de los hoteles de lujo y la apuesta por la sostenibilidad están cambiando el perfil del visitante.

Ya no es solo un destino de vacaciones, es un centro de nómadas digitales que buscan sol y fibra óptica de alta velocidad durante todo el año.

Los precios en temporada baja son un auténtico regalo, y el microclima de la zona te asegura temperaturas suaves incluso en pleno enero.

Si esperas a verano, te encontrarás con la marea humana. Si vas ahora, descubrirás el alma de una ciudad que nunca duerme pero que sabe cómo descansar.

Al final, Benidorm es como esa canción que juraste que no te gustaba y ahora no puedes dejar de tararear. Es auténtica, es kitsch y es absolutamente brillante.

¿Nos vemos en el mirador para ver el atardecer?