Girona ya no es el secreto mejor guardado de Cataluña. Lo sabemos. Pero lo que quizá no sepas es que la mayoría de la gente lo está haciendo mal.
Llegan tarde, se pierden en la escalinata de la Catedral y terminan comiendo un menú precocinado cerca del río Oñar. (Error de principiante, pero aquí estamos nosotras para evitarlo).
Si tienes un solo día para enamorarte de esta ciudad medieval, necesitas una estrategia de precisión. No se trata solo de caminar, sino de saber dónde mirar para que tu Instagram arda de envidia y tu bolsillo no sufra en el intento.
El despertar en el Call Jueu: El laberinto más famoso de Europa
Empezar el día a las nueve de la mañana en el Barrio Judío es obligatorio. A esa hora, el silencio todavía reina en las piedras milenarias del Call, uno de los núcleos medievales más potentes del mundo.
Caminar por la Calle de la Força es retroceder siete siglos de golpe. Es estrecha, fría incluso en verano y guarda una energía que se te mete en los huesos. Es el momento de sacar el móvil.
No te limites a la calle principal. Busca los callejones laterales que suben hacia la muralla; ahí es donde ocurre la verdadera magia fotográfica sin espontáneos en el fondo de tu plano.
La Catedral de Girona te espera al final del ascenso. Seguramente te suene de algo. Sí, es el Gran Septo de Baelor de Game of Thrones. Subir sus 90 escalones es un rito de iniciación (y un cardio necesario para el postre que viene luego).
Hablamos de una nave gótica que ostenta el récord de ser la más ancha del mundo. 23 metros de luz sin columnas intermedias que desafían las leyes de la gravedad y de la arquitectura de la época.
Las casas del Oñar: Por qué el color lo cambia todo
Bajamos hacia el río. Aquí es donde Girona se pone el vestido de gala. Las Casas del Oñar, pintadas en tonos ocres, rojizos y cremas, crean ese skyline que todos asociamos con la ciudad.
Pero el truco de experta está en el puente. Olvida los de piedra si buscas la foto definitiva. Tienes que cruzar el Puente de las Pescaderías Viejas, diseñado por la mismísima empresa de Gustave Eiffel.
Es una estructura de hierro rojo que vibra cuando pasas. Desde su centro, tienes la perspectiva perfecta de la Iglesia de Sant Feliu y los reflejos en el agua. Es el punto donde el norte de Cataluña se siente un poco como Florencia.
Nuestro consejo es que no te quedes solo con la vista exterior. Entra en Casa Masó, la única de las casas sobre el río abierta al público. Es el máximo exponente del Noucentisme y te permite ver cómo vivía la élite gerundense hace un siglo.
Gastronomía de élite (sin el precio del Celler de Can Roca)
Llega el hambre. Y claro, todos pensamos en los hermanos Roca. Pero seamos sinceras: conseguir mesa allí es más difícil que ganar la lotería y tu cuenta bancaria tiene sentimientos.
Para vivir la esencia de Girona sin arruinarte, dirígete a la Plaça de la Independència. Es una plaza porticada llena de vida donde el menú del día todavía es sagrado.
Si buscas algo rápido pero legendario, tienes que probar un Xuixo. Es el dulce típico de la ciudad: una masa fina, frita, rellena de crema y cubierta de azúcar. El de la Pastisseria Can Castelló es, sencillamente, de otro planeta.
Dato de ahorro: Muchos locales ofrecen el ‘menú de migdia’ por unos 15 o 18 euros con producto de proximidad del Mercat del Lleó. Calidad máxima a precio de barrio.
La muralla: El balcón de los Pirineos
Después de comer, toca el «Passeig de la Muralla». Es el tramo de fortificación carolingia más largo de Europa y rodear la ciudad por las alturas te da una perspectiva 360 grados.
Desde aquí arriba, en un día despejado, puedes ver las cumbres nevadas de los Pirineos a un lado y el mar imaginario al otro. Es el lugar ideal para entender por qué los romanos eligieron este enclave estratégico.
Pasarás por los Jardines de los Alemanes. Son ruinas recuperadas donde la naturaleza ha reclamado su espacio. Es el rincón más romántico de Girona, perfecto para bajar las pulsaciones antes de volver a la realidad.
Si viajas con niños (o si eres fan de las leyendas), no puedes irte sin cumplir el protocolo. Tienes que buscar la Leona de Girona en la base de la escalera de Sant Feliu y, según la tradición, besarle el culo. Dicen que así te aseguras volver a la ciudad. (Nosotras lo hemos hecho y, oye, siempre volvemos).
El secreto final: Los Baños Árabes
Casi al final del recorrido, se encuentran los Banys Àrabs. Aunque el nombre sugiera otra cosa, son de construcción románica, pero inspirados en el estilo musulmán.
La estancia principal, con su cúpula sostenida por columnas delgadas y una linterna que deja pasar la luz cenital, es de una belleza arquitectónica que hipnotiza. Es un espacio de paz absoluta en medio del bullicio turístico.
Girona es una ciudad que se lee con los pies. No intentes verlo todo. Elige dos museos, piérdete en tres callejones y, sobre todo, siéntate en una terraza a ver pasar el tiempo. La Diputació de Girona ha invertido mucho en que el centro sea peatonal y se nota en la calidad del aire y del paseo.
Recuerda que la mayoría de los comercios cierran al mediodía, así que aprovecha ese hueco para las fotos de exteriores y deja las tiendas de artesanía para la tarde. El tiempo vuela en las ciudades que tienen alma.
¿Te animas a comprobar por qué Girona es la escapada favorita de los barceloneses? Te aseguramos que una vez que cruzas el puente de hierro, ya nada vuelve a ser igual. Es una decisión inteligente para tu próximo puente o fin de semana libre.








